Descubre cómo la mente puede acabar sobreviviendo al maltrato a través de la identificación con el agresor
En psicología clínica observamos que, ante el maltrato sostenido, el sujeto puede sobrevivir identificándose con quien lo agrede. Lejos de implicar adhesión o aceptación, este mecanismo constituye una defensa psíquica que permite reducir el terror introyectando la lógica del agresor.
El psicoanalista Sándor Ferenczi explicó que esta identificación no es una elección, sino un intento de protegerse frente al maltrato sostenido. La mente, atrapada entre miedo y necesidad de supervivencia, adopta parcialmente los valores o comportamientos del agresor como escudo protector.
Para él, esta identificación con el agresor no es meramente una identificación, sino una defensa.
Este mecanismo no se limita al ámbito personal. Wilhelm Reich mostró que sociedades atravesadas por frustración y humillación pueden desear la fuerza que las oprime, si esta promete traer orden o seguridad. Con el tiempo, la violencia empieza a vivirse como necesaria, normalizándose incluso entre quienes inicialmente la repudiaban (Psicología de masas del fascismo, 1933).
Theodor W. Adorno advirtió que cuando esta lógica se consolida, la conciencia se adapta: la personalidad autoritaria no surge del exceso de poder, sino de la repetición de la sumisión. Se empieza a pensar en términos de dominación y control, incluso creyendo estar denunciando estas dinámicas, reproduciendo inconscientemente la lógica del agresor.
Adorno y colaboradores exploraron cómo ciertos rasgos de personalidad pueden vincularse con actitudes autoritarias, ofreciendo un marco para pensar cómo la repetición de la sumisión puede arraigar modos de pensar basados en dominación y control (The Authoritarian Personality, 1950).
Para Hannah Arendt, el mal se vuelve banal cuando deja de ser pensado. Ya no requiere fanáticos; basta con sujetos agotados que justifican lo injustificable. La reflexión se suspende y se reproduce la violencia sin resistencia consciente, normalizando lo intolerable.
Arendt desarrolló el concepto de banalidad del mal a partir de su cobertura del juicio de Adolf Eichmann, subrayando que el mal extremo puede surgir de la falta de pensamiento crítico, no necesariamente de una perversión deliberada (Eichmann en Jerusalén, 1963).
Es crucial distinguirlos mecanismos de defensa psicológica de una justificación ética. Que un gobierno haya sido corrupto no convierte la violación del derecho internacional en legítima. De manera similar, justificar la violencia “porque no había otra opción” es escuchar la voz del agresor, no la propia.
Pensar en la grieta: un acto mínimo de resistencia
Identificarse con quien nos agrede puede salvarnos, pero también puede apagar la voz propia, hacer que los límites entre “yo” y “el otro” se difuminen. El psicoanálisis nos recuerda que toda defensa psíquica tiene un precio: protege la vida interior y, a la vez, puede silenciar la pregunta que nos mantiene humanos.
¿Qué ocurre cuando nos acostumbramos a hablar con la voz del agresor, cuando dejamos de interrogar lo que nos parece inevitable? ¿Cómo sostener la propia mirada en medio de la urgencia de sobrevivir? Cada pensamiento que cuestiona, cada pausa que resiste la repetición automática de la violencia, es un gesto mínimo, casi invisible, de libertad.
Quizá pensar no sea suficiente para detener la injusticia, pero no pensar es entregar el mundo a la lógica del agresor. La grieta que abre un pensamiento, por pequeña que sea, es un territorio de resistencia: allí podemos reconocer la confusión, el miedo, la sumisión, y aún así recuperar algo de nuestra voz.
En la clínica, en la ética, en la vida, la pregunta sigue abierta: ¿cómo sostenernos sin renunciar a la conciencia, incluso cuando sobrevivir exige adoptar la voz de quien nos oprime?
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